EN EL METRO

         Cada vez que bajo las escaleras de granito, nada más que abandonar el último peldaño gris y mugriento del metro mi frente choca con ese aire caliente, impregnado de olor a máquina. Luego continuo mecánicamente el mismo proceso de cada día, sacar el billete del bolsillo y pasar, con la mirada perdida en el fondo del pasillo, previendo el número de personas que están delante de mí. No hay conversaciones, ni siquiera se oyen los pasos, porque todo queda amortiguado por no se sabe qué misterio. Doblo la esquina del pasillo y allí está: la cantante.






         Aquella mujer de cincuenta y muchos años, de ojos azules casi transparentes, su pelo rubio y canoso recogido de forma impecable y con su pequeña sonrisa de carmín. Sus zapatillas se deslizaban con rapidez arrastrando un carrito en el que llevaba el amplificador.  Con un pequeño micro entonaba canciones rusas con una perfecta voz de soprano, algo apagada por los años, por el cansancio, por la desilusión. Entonces se producía una mezcla entre notas musicales, ruido de máquinas y la  voz templada de la megafonía del propio vagón. A penas conseguía unas monedas y se marchaba rápidamente para subirse en otro vagón o cambiar de línea. Aquella mujer que tuvo el valor de marchar, dejando atrás quien sabe cuantas personas y cosas, que cambió el azul del cielo de su país, por la oscuridad de las bóvedas de hormigón .
-."Ojalá pudiera darte un futuro, darte las oportunidades que la vida te ha negado, ojalá tengas suerte y alguien se enamore de tu voz y de tus tímidas sonrisas".-.

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