EL REENCUENTRO

         Habíamos quedado en una estación de metro, nunca como aquella tarde me pareció  aquella estación tan hermosa, tan viva, tan espesa  y llena de sentido.  Los rostros de cientos de personas parecían el mismo, siempre las mismas caras, nada existía  hasta que apareciste tú. Sonreías y lo hacías con sinceridad. Habían pasado meses, y tenía la profunda sensación de haberte visto un par de horas antes.
-."¿Cómo estás?".-
-. "Bien, bien, ya te veo que tú estás estupendo".-

         Y comenzamos a caminar despacio, subiendo por las escaleras de la boca del metro de Madrid, atravesando el aire cálido recalentado por el  ardiente asfalto.
Caminar junto a ti, sin esperar nada más, sin aspirar a otra cosa que seguir viviendo, arrastrando mi sangre por el interior de mi mismo, escuchando el sonido de tus pasos en medio de la vorágine de la gran ciudad.




-."¿Que te apetece hacer?"-
-"Nada especial".- contesté sin mirarle, pero sorprendiéndome a mi mismo de mi sonrisa, de mi paz. Nada especial, porque vivir no ha de serlo,
-."¿Sabes?".-
-."Qué".- me respondiste de forma inmediata
-,."Me haces sentir bien".-

         No dijiste nada más, y  el silencio de tu boca que me pareció el gesto más elocuente que jamás he experimentado.

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